¿Adónde se van los olores?
Ningún olor dura para siempre, ya sean galletas con chocolate recién horneadas o unos malolientes zapatos tenis.
Lo percibimos cuando las moléculas de una sustancia son acarreadas por el viento hasta la nariz. Las células sensoriales de la nariz interactúan con ellas y estimulan los impulsos nerviosos hacia el cerebro, que interpreta la señal: ¡Uff, tenis pestilentes!
Nos rodean químicos en el aire llamados odorantes cuyos niveles varían y se necesita cierta densidad para que los impulsos nerviosos se enciendan.
Afuera una fuerte brisa puede disipar rápidamente el odorante, pero en sitios cerrados puede asirse a las superficies o a las partículas de polvo.
Si los nervios sensoriales se estimulan repetidamente no se va el olor, sino nuestra habilidad para percibirlo.
Agradecemos a la Fundación Nacional de la Ciencia.